Somos pasajeros de un tren que no sabe cómo seguir las vías, de un autobús que peligra de quedarse sin gasolina, de una bicileta con la cadena rota, de un coche con la batería agotada, viajeros en un mundo empeñado en empujarnos para que bajemos en la siguiente parada. ¿Qué se cree?
Pues seguiremos andando, sacad las botas del armario amigos, queda mucho camino por recorrer. En el barro nos revolcaremos como niños manchándonos hasta el carnet de identidad, para que nadie sepa quién somos en realidad, porque no somos nadie en realidad, porque no valemos nada en relidad.
Pasajeros, solo pasajeros. Los charcos los saltaremos con la inocencia que ello merece. Los ríos los cruzaremos y navegaremos en una tabla de siete maderas, una por día de la semana, semana por semana, siete si hacen falta. Saltaremos los árboles de uno a otro, hasta que la risa se fusione con el grito. Y la tierra la recorreremos andando, con un dolor de pies que será tabú, una mochila llena de vacío, y unos pelos locos.
Cantaremos hasta que los pájaros nos entiendan y deseen contestarnos, y bailaremos como gotas de agua. Transparentes, bellas, silenciosas, rítmicas, naturales. Iremos de la mano para no perdernos y sí tener conectadas las alegrías y los miedos. Y disfrutaremos de la Naturaleza, y le diremos al mundo que esta no es nuestra parada, pero que podemos bajar si lo desesa. Y seguir a nuestro ritmo, que somos capaces de todo. Y arreglaremos el tren si hace falta, y... y... y...
... y... mierda, el despertador.
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