Sí, años, años. Y cuándo se acaba un día... ¿qué? Nos quedamos tan tranquilos. Como si no nos fuese la vida en ello. Como si tuviésemos vida.
No hacemos balance entonces, no interesa. Vale más olvidar los “no puedo” que hemos pensado a lo largo del día. Guardarlos en un cajón tirando la llave. Hasta que un día se abra y pensemos “por qué cojones no cambiaría aquel día de opinión”. Y nos queremos acordar solo de esa sonrisa que hemos arrancado. O que, pensamos que hemos arrancado. Y nos tapamos los oídos cuando ese diablito del hombro nos dice que hay que trabajar duro para que eso siga ocurriendo.
Preferimos dormir. Porque en la noche, la cabeza se sube a la noria y no baja. Te atasca, te rasca, te saca, te placa. El viento parece hablar, y las guitarras suenan solas y desafinadas. Con los ojos cerrados todo parece más bonito, pero así jamás sabremos si estamos escribiendo en línea recta. Así jamás veremos después si hicimos lo correcto. Si tiramos la confianza en uno mismo a la basura, o la guardamos debajo del colchón, como si de oro se tratase. Con los ojos cerrados no podremos sentirnos como unos niños despiertos cual día. Jamás. Jamá. Jam. Ja. ¡JA JA JA JA! NO.
No, esto no es un monólogo. Una voz en vuestra cabeza debería haber estado hablando también. Y si no lo ha hecho, es porque está preparando un método para que jamás durmáis antes de tiempo.
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